Mendoza, Cordón de Plata

Salentein, 2008

Foto de María Luisa Ríos, en Salentein, Mendoza

Nota de Alejandro Maglione, especial para MilSabores

amaglione@datamarkets.com.ar

Si a alguien que está interesado en la enología y además en la gastronomía, y viceversa, uno le dice la palabra “Mendoza”, inmediatamente la asociará a una zona donde se producen vinos, cuya calidad transcienden las fronteras de la Argentina. Es como decir Napa Valley en los Estados Unidos, o mencionar a Burdeos o la Borgoña.

Y está muy bien que sea conocida por este aspecto, pero Mendoza es mucho, mucho más. Comenzando por que tiene una muy desarrollada Ruta del Vino. Un recorrido de bodegas que se puede realizar de distintas formas: en automóvil, en bicicleta, en cuatriciclos, y hasta hay una ruta para los más aventureros que se puede realizar a caballo.

La historia de la Mendoza vitivinícola arranca a finales del siglo XIX, cuando con el impulso de la inmigración italiana que llegó al país, eligieron esta provincia para radicarse, llegando con las estacas de las uvas que cultivaban en sus terruños de origen. Esto hizo que surgieran los viñedos de Sangiovese, Barbera, Nebbiolo, Bonarda y tantas otras cepas que hoy siguen siendo fundamentales en los cortes que se hacen con las más conocidas Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Pinot Noir.

Las cepas francesas sirvieron para replantar Francia cuando la plaga de la filoscera arrasó literalmente con sus viñedos a fines del siglo XIX.

Mendoza es también famosa por la inmensa, variada y calificada producción de frutas que tiene. Los argentinos sabemos bien lo que son sus peras, duraznos, manzanas, obviamente uvas de mesa, sus nueces, almendras, pistachos. Sus verduras son muy procuradas cuando llegan a los mercados de Buenos Aires. Incluso, es allí de donde llegan las denominadas “papas andinas”, que se siembran en el pie de monte de la cordillera de los Andes, que en su zona se la denomina como Cordón de Plata.

Se la llama Cordón de Plata, porque cuando está nevada hasta su base, y le da la luna de frente, el efecto es absolutamente emocionante e inolvidable. Hay hasta alojamientos que se ocupan de hacer fogatas para que uno se pueda sentar a observarla sin morir de frío.

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