A mi manera

MANUEL

Imagen de Glenfiddich

Por Manuel Alejandro Armas

En meses pasados, un grupo de amigos con los que compartía junto a mi esposa quedaron atónitos al ver como solicitaba al mesero un whisky de malta en las rocas para acompañar mi pescado fresco y aromatizado a la brasa. En la mesa, al momento, hubo sorpresa de que, como conocedor de vinos, no hubiese preferido una copa de vino blanco. ¡Permítanme justificar mi antojo!, dije a mis apreciados afectos.

Si bien es cierto que al momento de pensar en la mesa y sus platos fuertes, la primera bebida que viene a nuestras mentes es el vino, otras pueden también acompañar, de forma armónica, nuestros platos. El whisky es una de ellas. En mi caso, siempre prefiero el “Single Malt” sobre los blends comerciales, porque su pureza y equilibrio cautivan mi paladar, bien sea sólo, con un puro o sentado a la mesa.

Elaborado únicamente a partir de cebada malteada, el whisky de malta cuenta con todos los atributos de un gran producto, y así lo expresa con naturalidad al paladar de quien a él se acerca. Dentro de mi génesis de explorador, aún no he conseguido el primer “Single Malt” que, aunque no cuente con mi favoritismo, me decepcione en temas de calidad. Eso tiene un gran valor.

Escocia, tierra que conjuga a la perfección los elementos necesarios para hacer un Spirit de cebada con carácter, profundidad y recordación, cuenta no sólo con variedades distintas de cebadas, que permiten al productor interesantes combinaciones. También posee múltiples variedades de turba (el combustible orgánico con el que se propicia el malteado de la cebada) y, por demás importante: es en Escocia donde el productor accede, de forma natural a un agua de pureza y cualidades organolépticas excepcionales.

Estos tres elementos combinados dentro de una región que lejos de ser uniforme presenta cuatro grandes zonas diferenciadas y particulares (lo cual cobra especial importancia para el whisky de mezcla, al cual no me referiré ahora), hacen de Escocia, desde hace más de doscientos años, el lugar ideal para que, las grandes narices del whisky desplieguen su talento y enamoren para siempre a los gourmands más exigentes.

Para el caso del “Single Malt” tenemos que es elaborado a partir de whiskys de cebada provenientes todos de una sola destilería. El tiempo de envejecimiento de cada uno bien puede variar, pero deben respetar el principio de una única destilería. En ocasiones, botellas excepcionales salen al mercado provenientes de una sola barrica (que no se mezcla con ninguna otra), lo cual es apreciado por coleccionistas y sibaritas avanzados.

Dentro de la industria, y teniendo en cuenta que se trata de whiskys excepcionales, se considera al “Single Malt” un producto para el disfrute a conciencia, pausado, reflexivo. Por ello, más que consumirlo en tertulias o reuniones sociales sin alma, prefiero beberlo, o bien en soledad, o en muy especial compañía. También lo siento a la mesa, cuando estoy frente a un manjar particular, sea por su origen, calidad o frescura. Pescados y mariscos a la brasa, chocolates excepcionales y puros delicados son mis favoritos al respecto.

De forma reciente estuve visitando en Miami, luego de trece años sin verla, a mi cómplice hermana y a tres chiquitas que cautivaron mi alma no más vernos. La vida, siempre sabia y siempre vida, solo me permitió compartir con ellas dos días, como si fueran suficientes para que mutuamente explorásemos nuestros corazones y vivencias. Luego de más de cinco horas de vuelo, llego de madrugada a casa, no sólo con mi maleta y melancolía a cuestas, también con una botella de “Glenfiddich 19 Years, Age of Discovery” que he comprado durante mi escala en Panamá.

Se trata de un Single Malt de Edición Especial que esta gran destilería ha sacado al mercado para conmemorar el arrojo de los exploradores portugueses del siglo XV que, buscando llegar a la India, definieron en aquel entonces las rutas marítimas entre Europa y parte de Asia. Su particularidad: ha tenido un paso, durante el proceso de añejamiento, por barricas donde previamente se había envejecido vino de Madeira.

Bien podría descansar luego de tan duro viaje de regreso. Sin embargo, su oscura y elegante botella me seduce. Agrego a mi vaso corto tres sólidos cubos elaborados con agua gasificada “Mondariz”, los cuales riego generosamente con este whisky para coronar mi trago con una cáscara de naranja atravesada por un par de clavos de olor. Así me enfrento junto a Bruno (mi Golden Retriever) al ruidoso silencio que emite la ciudad en la madrugada.

Acudo siempre a mi espíritu melómano para elevar mi estado de ánimo. Y mientras los cubos de hielo van disolviéndose en mi vaso, las burbujas se liberan de forma discreta, y se unen a los clavos, el whisky y la cáscara de naranja. Mi Single Malt despliega su carácter especiado y dulce. Noto que eso es lo que me atrapa de esta bebida, que siempre, como hoy, puedo dejarme aconsejar por Sinatra, bebiendo así, a mi manera.

Sabores

Manuel Alejandro Armas

Sìgueme en Twitter: @m_armas.

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